por landi
En Estados Unidos las industrias funcionan según una serie de pautas, en las que los empleados de las empresas son casi engranajes que funcionan de acuerdo con ellas. Las "reglas de la industria" dan lugar a libros, conferencias y expertos, como el que menciona Danila en sus entradas al blog sobre las reglas de la industria del entretenimiento.
Las reglas mandan en las industrias (y por lo tanto en lo que los consumidores recibimos de ellas)... hasta que alguien se atreve a innovar lo suficiente como para romperlas.
Mientras las películas de los grandes estudios funcionan como máquinas de hacer dinero, con actores que cobran cifras millonarias para moverse de sus mansiones, y abogados que son la clave para armar contratos de todo tipo alrededor, las posibilidades de ver buen cine en Estados Unidos eran hasta hace poco bastante escasas. Los cines estrenan sólo los "blockbusters" -las super producciones de los estudios de su país que prometen facturar millones- y los videoclubes, con la cadena Blockbuster a la cabeza, se hacen eco de esta megaindustria y sólo suelen ofrecer esas películas masivas que garanticen grandes ingresos.
EN 1999, Reed Hastings, un emprendedor californiano, tuvo una brillante idea, después de haber tenido que pagar 40 dólares de multa por devolver tarde una película en un videoclub de su barrio: por qué no armar un "videoclub virtual", sin colas, sin esperas, con todad la variedad y sobre todo sin plazos de devolución ni multas agresivas. Así surgió Netflix.
El boca a boca se expandió entre amantes del cine, Internet y la innovación. En 2002, mientras vivía en Connecticut, me hice socia; un amigo de una agencia de publicidad en Manhattan me lo recomendó con los ojos brillantes. Desde entonces me volví yo también una fan. El revolucionario sistema de Netflix combina cine, diversión y comodidad. Desde tu computadora te permite hacer una lista de selecciones entre su base de películas de más de 70.000 DVDs y te las envía por correo en un sobre rojo que luego se utiliza también para devolverlas, sin plazo limitado para hacerlo. Hay de todo en la base de datos, que permite explorar por una enorme variedad de criterios y evaluar las películas que ya viste para lograr mejores recomendaciones: el cine tradicional americano, el creciente cine independiente, el clásico europeo, cine iraní, indio, africano y hasta hay alguna que otra película argentina.
Hoy Netflix tiene más de seis millones de usuarios, sin necesidad de locales a la calle, y ya han intentado copiar su sistema los grandes jugadores de la industria, como Wal-Mart y el mismísimo Blockbuster. Wal-Mart ya se ha retirado, derrotado. Blockbuster sigue tratando de dar batalla combinando el sistema virtual con su red de locales.
Pero las reglas de la industria del video ya no son las mismas.
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lunes, agosto 13, 2007
lunes, enero 08, 2007
El aguado carnaval de New Orleans
por landi
Llegamos a Nueva Orleans unos días antes del comienzo oficial de la temporada del carnaval. La ciudad, una de las más antiguas de Estados Unidos, es famosa por el jazz, por su cultura creole (criolla) en la que se fusionan lo francés, lo español, lo africano, lo aborigen y lo norteamericano; por ser la capital de la Louisina, que en 1803 los Estados Unidos le compraron a los franceses en 15 millones de dólares (una fortuna de aquella época que duplicó la superficie que por entonces tenía el reciente país del norte); y por su carnaval o Mardi Gras que se celebra a lo largo de la Bourbon Street con collares de cuentas de colores que se intercambian por besos y exhibiciones no aptas para menores.
Pero la fama más reciente y global no es histórica ni cultural, sino un efecto más del huracán Katrina que en 2005 devastó la ciudad...y que es resultado del exceso de emprendimientos del ser humano!
¿Cómo? ¿Un huracán producto del ser humano? ¿Querrás decir el calentamiento global, el efecto invernadero y esas cuestiones indirectas...?
No, no...Cuando desde mi tranquilo rincón de Bariloche cuando escucho a los ecologistas quejarse de la intervención del hombre en la naturaleza, soy de las que miro con escepticismo. Pero acá lo ví cuando ya pasó y no cuando podría pasar. A más de un año del impacto, vi las casas apiladas, los carteles volados, los montones de basura, edificios de varios pisos desplazados de su sitio, barrios enteros tragados por el agua. Murieron cerca de 2.000 personas a pesar de una evacuación masiva y el daño está calculado en varios miles de millones de dólares. A pesar de la reconstrucción que ya dejó el centro y el antiguo barrio francés nuevamente transitables al turismo, la población se redujo a la mitad.
¿Cómo pasó? La ciudad de New Orleans fue fundada en 1699 por los franceses en el delta del río Mississipi, sobre la única ribera en kilómetros a la redonda donde la tierra está un poco por encima del nivel del mar, que está muy cerquita ya que el Mississipi desemboca en el Golfo de Mexico. Todo lo que no era agua por allí --el río, el mar y un gran lago-- eran pantanos en los que el agua y el bosque se funden en un paisaje muy especial. Cuando la ciudad fue creciendo, los emprendedores secaron kilómetros cuadrados de pantanos que se convirtieron en los barrios periféricos de la antigua ciudad. Ahí se construyeron miles de casitas, y tiendas y condominios, a la manera americana, sobre tierras que estaban bajo el nivel del mar. Previendo el riesgo de inundaciones, los emprendedores construyeron también murallones de hormigón rodeando la ciudad, con gruesas compuertas de hierro para cerrar cuando el agua amenazara.
Mientras tanto, otros emprendedores que hicieron de la ciudad un fuerte puerto comercial crearon canales profundos que simplicaban el traslado de barcos entre el mar y el río, atravesando en línea recta los pantanos y los curvosos riachos o bayous.
Tanto emprendimiento acumulado, dejó al río acanalado, rodeado de defensas contra la inundación y luego, sin posibilidades de depositar los sedimentos que durante siglos crearon la tierra firme entre los pantanos. Así, la superficie del delta se reduce cada vez más, aniquilando no sólo la naturaleza que vive allí, sino dejando el camino libre para los enormes huracanes que en verano se originan en el mar y que solían descargarse entre pantanos despoblados que ya no están.
Cuando en agosto de 2005 Katrina llegó, medía más de 300 km de diámetro al tocar tierra, muy cerca de la ciudad. Los vientos golpearon con tanta fuerza que no sólo volaron autos y casitas de madera, sino que las barreras de hormigón se rompieron, y el agua, empujada por el viento, se movió en línea recta por los canales creados por el hombre, hacia el corazón de la ciudad, dejando inundado por semanas el 80% de la ciudad.
Mientras los emprendedores reconstruyen Nueva Orleans, el debate continúa en voz baja: ¿es el Estado que dejó que esto pase? ¿son los desarrolladores inmobiliarios que desarrollan donde no deberían? ¿es la gente que debría dar por perdido todo y mudarse a otra ciudad? ¿son las compañías de seguros las que deben pagar? ¿quién paga la pérdida del turismo, que casi dos años después no llega al 20% de lo que era antes de Katrina?
Nunca fui ecologista, pero estoy empezando a pensarlo...
Llegamos a Nueva Orleans unos días antes del comienzo oficial de la temporada del carnaval. La ciudad, una de las más antiguas de Estados Unidos, es famosa por el jazz, por su cultura creole (criolla) en la que se fusionan lo francés, lo español, lo africano, lo aborigen y lo norteamericano; por ser la capital de la Louisina, que en 1803 los Estados Unidos le compraron a los franceses en 15 millones de dólares (una fortuna de aquella época que duplicó la superficie que por entonces tenía el reciente país del norte); y por su carnaval o Mardi Gras que se celebra a lo largo de la Bourbon Street con collares de cuentas de colores que se intercambian por besos y exhibiciones no aptas para menores.
Pero la fama más reciente y global no es histórica ni cultural, sino un efecto más del huracán Katrina que en 2005 devastó la ciudad...y que es resultado del exceso de emprendimientos del ser humano!
¿Cómo? ¿Un huracán producto del ser humano? ¿Querrás decir el calentamiento global, el efecto invernadero y esas cuestiones indirectas...?
No, no...Cuando desde mi tranquilo rincón de Bariloche cuando escucho a los ecologistas quejarse de la intervención del hombre en la naturaleza, soy de las que miro con escepticismo. Pero acá lo ví cuando ya pasó y no cuando podría pasar. A más de un año del impacto, vi las casas apiladas, los carteles volados, los montones de basura, edificios de varios pisos desplazados de su sitio, barrios enteros tragados por el agua. Murieron cerca de 2.000 personas a pesar de una evacuación masiva y el daño está calculado en varios miles de millones de dólares. A pesar de la reconstrucción que ya dejó el centro y el antiguo barrio francés nuevamente transitables al turismo, la población se redujo a la mitad.
¿Cómo pasó? La ciudad de New Orleans fue fundada en 1699 por los franceses en el delta del río Mississipi, sobre la única ribera en kilómetros a la redonda donde la tierra está un poco por encima del nivel del mar, que está muy cerquita ya que el Mississipi desemboca en el Golfo de Mexico. Todo lo que no era agua por allí --el río, el mar y un gran lago-- eran pantanos en los que el agua y el bosque se funden en un paisaje muy especial. Cuando la ciudad fue creciendo, los emprendedores secaron kilómetros cuadrados de pantanos que se convirtieron en los barrios periféricos de la antigua ciudad. Ahí se construyeron miles de casitas, y tiendas y condominios, a la manera americana, sobre tierras que estaban bajo el nivel del mar. Previendo el riesgo de inundaciones, los emprendedores construyeron también murallones de hormigón rodeando la ciudad, con gruesas compuertas de hierro para cerrar cuando el agua amenazara.
Mientras tanto, otros emprendedores que hicieron de la ciudad un fuerte puerto comercial crearon canales profundos que simplicaban el traslado de barcos entre el mar y el río, atravesando en línea recta los pantanos y los curvosos riachos o bayous.
Tanto emprendimiento acumulado, dejó al río acanalado, rodeado de defensas contra la inundación y luego, sin posibilidades de depositar los sedimentos que durante siglos crearon la tierra firme entre los pantanos. Así, la superficie del delta se reduce cada vez más, aniquilando no sólo la naturaleza que vive allí, sino dejando el camino libre para los enormes huracanes que en verano se originan en el mar y que solían descargarse entre pantanos despoblados que ya no están.
Cuando en agosto de 2005 Katrina llegó, medía más de 300 km de diámetro al tocar tierra, muy cerca de la ciudad. Los vientos golpearon con tanta fuerza que no sólo volaron autos y casitas de madera, sino que las barreras de hormigón se rompieron, y el agua, empujada por el viento, se movió en línea recta por los canales creados por el hombre, hacia el corazón de la ciudad, dejando inundado por semanas el 80% de la ciudad.
Mientras los emprendedores reconstruyen Nueva Orleans, el debate continúa en voz baja: ¿es el Estado que dejó que esto pase? ¿son los desarrolladores inmobiliarios que desarrollan donde no deberían? ¿es la gente que debría dar por perdido todo y mudarse a otra ciudad? ¿son las compañías de seguros las que deben pagar? ¿quién paga la pérdida del turismo, que casi dos años después no llega al 20% de lo que era antes de Katrina?
Nunca fui ecologista, pero estoy empezando a pensarlo...
domingo, enero 07, 2007
Wi-fi en la playa hipercivilizada
por landi
Estoy desde hace unos días viajando por el estado de Florida. Pasamos por alto Miami esta vuelta, y nos adentramos en la imparable civilización que toma cada rincón de esta maravillosa costa del Golfo de Mexico, con playas de arena blanca como la nieve y un mar en calma hasta el próximo huracán.
Estoy ahora en Pensacola Beach, un cayo de no más de 100 metros de ancho, una lengua de arena sobre la que están los hoteles, condominios y restaurantes. Después de ver un atardecer rojo en la punta de la isla, vuelvo al wi-fi de este hotel de dos plantas frente al mar que pronto va a desaparecer... A ambos lados grúas,máquinas y trabajadores (hispanos en su mayoría)levantan la torre del Hilton y una monumental torre de departamentos, que me dan la pista de que el valor de la tierra ya no da para un hotel pequeño como el que nos aloja.
En Florida viven cerca de 20 millones de personas: cada hueco, cada médano, cada pantano se ha convertido en una tienda, un condominio, un emprendimiento inmobiliario que desafía (y probablemente afecta) la increíble naturaleza de la península que por primera vez aprecié en este viaje, metiéndonos en reservas naturales y parques estatales, a varias millas de la civilización desbordante. Las torres echan raíces en playas impensadas para la construcción; los restaurantes de comida rápida expanden sus estacionamientos sobre terrenos ganados al agua; los barrios de casitas iguales cubren todo lo que la vista ve; muelles, marinas y embarcaciones extienden la civilización sobre el mismo mar. Una autopista infinita y perfecta atraviesa la civilización por el medio. Aunque ya viví varios años en este país (del 2000 al 2004 viví en Stamford, Connecticut), no dejo de sorprenderme y recordar el lamento de Paul Auster, uno de mis autores favoritos, que explicaba que ya las ciudades no se reconocen por su plaza, su centro o sus edificios, sino porque en la interminable civilización comienzan a repetirse las franquicias de las grandes cadenas: McDonald`s, Home Depot, Macy´s, Burger King, KFC, Holiday Inn, Best Western, Target...
No puedo evitar dos sensaciones contrapuestas mirando a mi alrededor:
1.¡Wow! ¡Cómo construyeron semejante edificio a solo metros del agua, en un suelo arenoso y pantanoso!¡Y esos puentes sobre el mar! ¡Y wi-fi gratuito en la playa!
El ser humano que emprende puede más que los problemas.
2. ¡Que pena! ¡Cuánto desborde! Esto parece una plaga... El ser humano que emprende sin orden y sin límite puede hacer insostenible su propio ambiente.
Estoy desde hace unos días viajando por el estado de Florida. Pasamos por alto Miami esta vuelta, y nos adentramos en la imparable civilización que toma cada rincón de esta maravillosa costa del Golfo de Mexico, con playas de arena blanca como la nieve y un mar en calma hasta el próximo huracán.
Estoy ahora en Pensacola Beach, un cayo de no más de 100 metros de ancho, una lengua de arena sobre la que están los hoteles, condominios y restaurantes. Después de ver un atardecer rojo en la punta de la isla, vuelvo al wi-fi de este hotel de dos plantas frente al mar que pronto va a desaparecer... A ambos lados grúas,máquinas y trabajadores (hispanos en su mayoría)levantan la torre del Hilton y una monumental torre de departamentos, que me dan la pista de que el valor de la tierra ya no da para un hotel pequeño como el que nos aloja.
En Florida viven cerca de 20 millones de personas: cada hueco, cada médano, cada pantano se ha convertido en una tienda, un condominio, un emprendimiento inmobiliario que desafía (y probablemente afecta) la increíble naturaleza de la península que por primera vez aprecié en este viaje, metiéndonos en reservas naturales y parques estatales, a varias millas de la civilización desbordante. Las torres echan raíces en playas impensadas para la construcción; los restaurantes de comida rápida expanden sus estacionamientos sobre terrenos ganados al agua; los barrios de casitas iguales cubren todo lo que la vista ve; muelles, marinas y embarcaciones extienden la civilización sobre el mismo mar. Una autopista infinita y perfecta atraviesa la civilización por el medio. Aunque ya viví varios años en este país (del 2000 al 2004 viví en Stamford, Connecticut), no dejo de sorprenderme y recordar el lamento de Paul Auster, uno de mis autores favoritos, que explicaba que ya las ciudades no se reconocen por su plaza, su centro o sus edificios, sino porque en la interminable civilización comienzan a repetirse las franquicias de las grandes cadenas: McDonald`s, Home Depot, Macy´s, Burger King, KFC, Holiday Inn, Best Western, Target...
No puedo evitar dos sensaciones contrapuestas mirando a mi alrededor:
1.¡Wow! ¡Cómo construyeron semejante edificio a solo metros del agua, en un suelo arenoso y pantanoso!¡Y esos puentes sobre el mar! ¡Y wi-fi gratuito en la playa!
El ser humano que emprende puede más que los problemas.
2. ¡Que pena! ¡Cuánto desborde! Esto parece una plaga... El ser humano que emprende sin orden y sin límite puede hacer insostenible su propio ambiente.
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